Cuando la luz se vaya, cuando la red caiga, cuando los cajeros no escupan: esto es lo que necesitas saber antes de que el termómetro toque los 47°C.
No es alarmismo. Son varios fenómenos coincidiendo a la vez, por primera vez. Algunos son nuevos. Otros, viejos pero con tecnología nueva. Todos pueden tocar Sevilla.
No hace falta que pasen todas. Con una basta. Lo nuevo es que están todas listas a la vez.
Hantavirus, gripe aviar reordenada, lo que sea que salga del siguiente mercado húmedo. Vivimos pegados unos a otros, comemos animales raros y los aviones tardan 12 horas.
Más actores con la bomba que nunca. Doctrinas de uso limitado sobre la mesa. Suficiente con que uno calcule mal una vez. Sevilla está lejos del impacto, pero no del viento.
Red eléctrica conectada hasta los topes. Una sobrecarga, un ataque, un incidente solar. Sin luz tres días, la sociedad se reconfigura. Pruébalo con tu nevera.
Si la IA hace el trabajo, ¿quién cobra? Y si nadie cobra, ¿quién compra? El capitalismo necesita gente comprando. Sin esa rueda, el sistema deja de girar.
Inteligencia artificial. Tres caminos distintos, todos hacia el mismo sitio.
Vídeos, voces, documentos: imposible distinguir lo real. Lo digital deja de servir como prueba. Vuelta a la palabra escrita en papel, al contacto cara a cara, a la Edad de Piedra con WiFi.
Energía, semáforos, depuradoras, hospitales. Cuando todo lo gestiona un sistema y el sistema decide algo raro, no hay botón rojo. Hay un señor confuso buscando el cable.
El supuesto final del camino. No hace falta que sea hostil. Basta con que sea muy buena en algo que no contemple a la gente como variable importante. Y aquí estamos, en la variable.
«Mitigar el riesgo de extinción por IA debería ser una prioridad global junto a otros riesgos a escala societal como las pandemias y la guerra nuclear.»
Estado actual de los sujetos. Imágenes recuperadas tras el primer pulso. Identidades reservadas por seguridad operativa.
Escanea el QR con tu móvil. Diez preguntas. Un fallo y mueres. Casi todo lo que crees saber está mal.
Mucha gente lo piensa. Una vida más inteligente que la nuestra que aparezca por la Vía Láctea y, en lugar de ignorarnos, decida echar una mano. Vamos a ver.
Una hormiga no entiende una autopista. Tampoco entiende por qué un día se le cae el hormiguero encima. Quizás nosotros estamos en esa posición, sin saberlo.
Roedores de gran tamaño, tranquilos, fotogénicos, sentados en sillas demasiado grandes. Quizás los extraterrestres no nos ayudan porque, simplemente, no han notado nada raro.
Nos vemos en el refugio. O no. Lo que sea, ojalá con sombra y un vaso de algo frío.